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Hasta que la vida nos separe .Un memorial para los fallecidos y deudos por la pandemia en el Perú

Un memorial para los fallecidos y deudos por la pandemia en el Perú

Fuente: OJO PÚBLICO

Los números de la pandemia no cuantifican el dolor. Tan solo a dos meses desde que se detectó al primer paciente con Covid-19 en el Perú, más de 4.000 personas han muerto por esta enfermedad, pero conocemos poco de la vida que dejaron. Por eso construimos y escribimos este memorial, con historias de las víctimas gracias al recuerdo de sus seres queridos, los afectados menos visibles en el desconcierto de esta emergencia.

Comenzamos con diez perfiles pero luego incorporamos muchos más: desde la historia de un policía que hizo de su trompeta su arma favorita, hasta la de un neumólogo que ejerció su vocación hasta el último respiro; y desde un bombero al que todos llamaban papá hasta un militar que fue llamado héroe por una hazaña que empezó con una explosión. Son retratos hablados de la condición humana.

OjoPúblico seguirá recogiendo estas historias con la idea de evitar que los números grandes nos hagan olvidar la importancia de los detalles, las personas y los recuerdos. Si quieres compartir el caso de tu familiar en este memorial, puedes escribirnos al correo memorial@ojo-publico.com y dejarnos tus datos para contactarte.

 

 

Fotografía de Eber Espinoza

La medalla póstuma es tu recuerdo

Eber Espinoza Mestanza

Niepos (Cajamarca), 1966

Teniente brigadier de bomberos

 

La única vez que la señora Lucero Quispe Sandoval se opuso a la labor de su esposo, fue cuando estalló la pandemia. Ella le rogó que no saliera de casa durante esta amenaza tan extraña, porque tenía un mal presentimiento, y que al menos esta vez enviara a otras personas. El teniente brigadier Eber Espinoza le respondió como siempre que atendía accidentes, urgencias médicas o incendios. “Debo estar al frente de mis muchachos y dar el ejemplo. No los puedo dejar solos”, recuerda ella que le dijo.

Espinoza ingresó al cuerpo a los veinte años de edad. Aunque estudió para contador, su verdadera pasión siempre fue el servicio de rojo. “Era independiente y acomodaba sus horarios para pasar más tiempo en la compañía”, cuenta la esposa. Treinta y tres años después, ya como comandante departamental de los bomberos de Lambayeque, seguía siendo un hombre de acción para las emergencias. Semanas antes de contraer el coronavirus estuvo apagando un incendio forestal en Olmos.

Su esposa, que era la presidenta fundadora de la Asociación de Apoyo a los Bomberos de Lambayeque, dice que en el tiempo que trabajó en esta institución los jefes tenían un horario fijo, pasaban la mayor parte de su tiempo en la oficina, viendo temas administrativos. Sin embargo, el teniente brigadier Espinoza todavía acudía a los cursos de capacitación y a los entrenamientos físicos: corría, trepaba, saltaba soga, atravesaba obstáculos. Estaba con sus bomberos.

Conocedor de las grandes carencias que padecen esos voluntarios del rescate, el teniente brigadier pasó los últimos años de su vida intentando conseguir más fondos para costear la reparación de cisternas, comprar más vehículos y procurar que a los bomberos no les faltaran implementos.

Su trabajo es reconocido en la zona norte. Los vecinos del centro de Chiclayo lo recuerdan porque en el 2017, durante las lluvias de El Niño costero, los organizó para comprar una motobomba y desempozar varias casas que se inundaron. “Cuando falleció, me llamaban cada cinco minutos, a darme las condolencias, gente desconocida que decía que mi esposo los había salvado”, cuenta orgullosa Lucero Quispe.

Una de esas llamadas vino de la Comandancia General de Bomberos de Lima, para decirle que a su esposo le darán un ascenso póstumo porque murió en servicio. La última medalla es el recuerdo, y Espinoza se lleva muchas.

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Fotografía de Nildo Contreras

El sereno que hinchaba por el Barcelona

Nildo Celestino Contreras Huaringa

Tarma (Junín), 1984

Sereno de la Municipalidad de Ate

Por herencia paterna estaba predestinado a ser hincha del Club Deportivo Municipal, el entrañable equipo de la franja. Sin embargo, los misteriosos senderos del evangelio pelotero lo convirtieron en adepto del F.C. Barcelona. Nildo –nacido en Tarma, la ciudad de las flores, y conocido en el hogar por su disciplina casi militar– era fanático de Messi. En los primeros años de aquella fe pagana por el argentino miraba sus goles frente a un televisor de mortales. Todo cambió cuando ingresó a laborar al Serenazgo del Municipio de Ate. Entonces, se dio el lujo de una vida de esfuerzos y compró una pantalla plana de 55 pulgadas para ver al genio rosarino en HD. Su padre, de haber estado vivo, habría perdonado la afrenta futbolística.

Julio Ramón Ribeyro retrató a Tarma como una ciudad suiza en los Andes: bucólica, de vivos colores y repleta de vacas lecheras. Nildo creció jugando con sus cuatro hermanos en medio de paisajes hermosos; admirando a su madre, quien asumió las riendas del hogar tras la prematura muerte de su padre a los 36 años; y saboreando los secretos del guiso de cuy y el conejo al horno que ella preparaba en Navidad. Era un hogar de escasos recursos, pero de mucho amor. “Su mamá tenía sus animalitos y a él le encantaba”, cuenta Candy Arenas, la mujer que tiempo después se convertiría en su compañera de la vida.

Nildo dejó Tarma a los 18 años. Como muchos otros jóvenes de su edad llegó a Lima a probar suerte y se puso a trabajar apenas encontró vacante en una fábrica de textiles. Allí conoció a Candy en el 2005. “Él trabajaba en el área de corte de textiles y yo en control de calidad. Por amigos en común nos llegamos a conocer”, recuerda su pareja. Luego la vida hizo lo suyo. Se enamoraron, alquilaron una casa en Huaycán (Ate) y llegaron los bebés, dos niñas que hoy tienen 13 y 3 años. En ese hogar, Candy conoció en todo su esplendor uno de los rasgos definitivos de Nildo, su implacable afán de pulcritud.

En sus mejores días, Nildo aparecía con tres baldes, el primero con agua, el segundo con lejía y el tercero con ambientador, y se ponía a trapear la casa de arriba a abajo. El mismo empeño obsesivo le dedicaba a su ropa de trabajo. “No podía tener una sola prenda arrugada”, recuerda Candy. Sus fotos le hacen justicia. Siempre aparece con el uniforme impecable y sonriendo. Para entonces, Nildo ya estaba trabajando en la base Huaycán del Serenazgo de Ate en tres turnos rotativos: mañana, tarde o madrugada. “Le gustaba su trabajo porque siempre quiso ser policía; le encantaba formar y desfilar”, dice su pareja con orgullo.

Ese cariño por el uniforme azul oscuro de los serenos era visible entre sus compañeros que, en vida y ahora cuando lo despiden en Facebook, lo recuerdan de buen humor y haciendo bromas a discreción. Por eso lo bautizaron con el inapelable apodo de ‘Chiste’ desde que ingresó al serenazgo en 2014. Su familia también lo recuerda alegre, nunca triste. Sin embargo, el coronavirus nos cambió a todos. En las primeras semanas de la pandemia, Nildo –que se bañaba literalmente en alcohol antes de ingresar a casa– parecía asustado por lo que veía durante sus patrullajes por las calles de Huaycán. No se respetaba la cuarentena.

A pesar de la situación de alto riesgo nunca abandonó sus recorridos por las calles de Ate, su empeño como sereno en la primera línea de fuego y la necesidad de mantener la economía familiar estaban por encima de todo. A principios de mes, ocurrió lo impensable. Nildo enfermó y tuvo que ingresar al Hospital de Essalud de Ate. El 11 de mayo, a las siete de la mañana, la enfermedad lo venció. Tenía 36 años, la edad de su padre cuando falleció en Tarma. El día anterior había conversado con su pareja por teléfono. En casa no esperaban el fatal desenlace.

En los últimos años, además de haber visto nacer a su segunda hija, de seguir saboreando los platos de su mamá cuando lo visitaba y de conseguir ahorrar algo de dinero, Nildo decidió amoblar la casa. No era el único plan que tenía a futuro. Luego de comprar un televisor nuevo para seguir al equipo de Messi –en las buenas y en las malas, como todo fanático que se respete– también soñaba con tener un hogar propio para sus niñas y sobre todo que la mayor postule e ingrese a la Escuela de la Policía. “Papá, voy a ser Policía; lo que tu no has sido, yo lo voy a ser”, le decía su hija mayor.

Nildo no llegará a ver su anhelo hecho realidad, pero aquella promesa es suficiente para imaginar que el sereno que hinchaba por el Barcelona cumplirá su sueño algún día.

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Fotografía de Luis Siancas

Un radiotécnico de pocas palabras

Luis Alberto Siancas Saucedo

Piura, 1958

Radiotécnico

 

La personalidad se forja no solo con los aciertos en la vida, sino también con las frustraciones. Luis Alberto Siancas Saucedo, de 61 años, conocía aquellos reveses tanto como las piezas de los aparatos de radio que reparaba. Fue criado por su abuela, y a los 17 años se presentó al cuartel de la Fuerza Aérea del Perú (FAP) para servir al país. Apenas permaneció dos semanas debido a la insistencia de su abuela, que, temerosa de que le pasara algo, todos los días se paraba en la puerta del cuartel a llorar y a pedir que le devolvieran a su “hijo”.

“Fue un episodio que lo marcó mucho, porque siempre me lo comentaba cuando hablábamos”, recuerda su hijo, el periodista piurano Wilson Siancas.

Era la segunda frustración en su vida. La primera fue no haber sido criado por sus padres genéticos, lo que a larga, dice el hijo, imprimiría hermetismo a su personalidad: era un hombre de pocas palabras, que no ahondaba en sus sentimientos, o prefería expresarlos en el amor a los animales.

La mayor parte de la vida de Siancas Saucedo se circunscribió al mercado de Piura. Tras estudiar electrónica en un instituto, montó allí, frente a su casa, una tienda para arreglar radios, licuadoras, televisores y otros artefactos. “Tanto le apasionaba su trabajo que dormía entre piezas de radios y trastos”, recuerda Wilson. El detalle más notorio de su cuarto era un minicomponente que armó con piezas viejas de esos aparatos.

Su otra pasión era leer y coleccionar la revista Selecciones y otros periódicos nacionales, cuya colección más tarde la heredó el hijo que se haría periodista. El año pasado, Wilson escribió un artículo sobre él para conmemorar el Día del Padre y le mandó un mensaje para que comprara el periódico. La respuesta del homenajeado fue escueta, pero emotiva a su estilo: “Muy bien, Wilson. Tus locuras me han demostrado mucho afecto”.

Luis Alberto Siancas nunca le contó a su hijo de manera específica lo orgulloso que se sentía de él. Wilson lo intuía, como cualquier hijo, pero lo confirmó con un mensaje de Facebook. Un señor escribió: “Lucho estaba muy contento con la historia que le publicaste en el periódico”. Y fue como escucharlo en directo.

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Fotografía de Jorge Satalay

El enfermero naval que surcaba el Amazonas

Jorge Fremio Satalay Aranda

Tamshiyacu (Loreto), 1955

Técnico (r) de la Marina

Una imagen no solo cuenta una historia, también retrata una época. En una foto del pasado, Jorge Satalay sonríe ante la cámara, tiene puestos lentes de tipo aviador, el bigote típico de la época y viste el impecable uniforme de la Marina, de gorra, camisa y zapatos blancos, mientras exhibe una posición de descanso militar. Al fondo, la floresta, el techo de calamina para las lluvias y un local ambulatorio revelan su ubicación: el Hospital Naval de Iquitos. Se le ve feliz. No es para menos. Pasaron años y penurias desde que salió de la pobreza en Tamshiyacu, una localidad de Loreto a orillas del río Amazonas, hasta que se convirtió en técnico en enfermería de la Armada de Grau.

Mucho tiempo atrás, los padres de Jorge se ganaban la vida comerciando productos de la selva como plátanos y sandías que llevaban en bote al puerto de Belén. En Iquitos se les conoce como chacareros a las personas que dependen de las épocas de crecidas y vaciantes del río Amazonas para cultivar fruta y otros insumos de agosto a diciembre. El marino había vivido una infancia dura que le gustaba recordar cuando los años lo alcanzaron y lo elevaron a la condición de patriarca jubilado de la familia: “Nos contaba que de niño a veces no comía”, dice Roland Satalay, uno de sus cinco hijos.

Esa difícil época en Tamshiyacu y sus años como técnico en enfermería de la Marina, recorriendo el río Amazonas para realizar labor social en los caseríos más profundos de la selva, cimentaron su amor por Loreto. Estaba convencido además del potencial económico de su región. Sus viajes le habían confirmado que era posible construir un megaproyecto para facilitar el comercio exterior entre su localidad de origen, ubicada en la margen derecha del Amazonas, y los centros de producción del Yavari en Brasil. “Yo he recorrido esta selva cuando era joven y la carretera es posible”, decía el marino en sus años de retiro.

Después de vivir casi cuatro décadas en Loreto, Jorge fue enviado a Lima en 1993, que aún vivía los años más convulsos de la crisis económica derivada de la guerra antiterrorista. Al año siguiente, el marino se compró una casa en Ventanilla (Callao) y trajo a la capital a su esposa Eduarda Saavedra y a sus hijos, que en tiempos de fiebres y resfríos lo habían convertido en el médico privado de la familia. “Él nos atendía siempre”, recuerda Roland. En Lima, el técnico de la Marina cambió la pacífica rutina de navegar por los ríos de Loreto por el patrullaje de zonas bajo estado de emergencia.

En 1998, luego de años de servicio entre Iquitos y Lima, fue destacado a la Posta Naval de Ventanilla, cerca de su casa. Ese mismo año pidió su baja de la institución. Sin embargo, su espíritu emprendedor y los recuerdos de su tierra lo motivaron a volver a la selva. Así lo hizo. Muchos años después, cuando regresó, ya no era el joven marino de la foto en el Hospital Naval de Iquitos sino un abuelo enamorado de sus nietos que quería iniciar un negocio para heredarlo como testimonio final de su vida. El sueño lo empezó en la zona de Quistococha, en donde administró una laguna de crianza de sabrosos pacos y sábalos.

El patriarca de los Satalay quería transformar ese proyecto acuícola en la Amazonía en un lugar de recreo para las vacaciones de sus cinco hijos y sus siete nietos, con quienes siempre aparecía en fotos. “Este lugar es para la familia”, solía decirles Jorge. En realidad, él parecía anhelar que su estirpe volviera a la selva que lo vio nacer y morir. El 5 de mayo, el marino en retiro de 66 años falleció en el Hospital Regional de Loreto, que este mes se convirtió en el epicentro de la pandemia. En sus últimos días, según recuerda su hijo, un enfermero del nosocomio llegó a reconocer a Jorge ya que este lo había atendido tiempo atrás cuando trabajaba en el Hospital Naval de Iquitos.

“A este compadre nada lo mataba, pero esta fue su séptima vida”, dice su hijo mientras reflexiona en voz alta sobre lo curtido que era su viejo. En el obituario de Jorge Satalay Aranda podría escribirse que fue un hombre que sobrevivió a la pobreza de su infancia, a los patrullajes por la Amazonía, al terrorismo en Lima e incluso a un derrame cerebral pocos años antes. Quizá por eso es más difícil acostumbrarse a la partida de un ser querido. “Hasta ahorita no puedo creer que mi padre haya muerto, yo lo consideraba un gigante”.

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Fotografía de Jesús Gamarra

El catedrático que amaba bailar salsa

Jesús Aquiles Gamarra Ramírez

Áncash, 1953

Catedrático universitario

 

Asus 67 años, el economista Jesús Gamarra Ramírez no se ahorraba detalles para llevar una vida plena: su familia sabía que este hombre metódico de profesión compartía el rigor de la enseñanza universitaria con los partidos de fútbol de fin de semana con sus colegas de la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP). Por lo que se puede reconstruir en la voz de sus deudos, en ambos campos obtuvo márgenes importantes de afecto.

Gamarra Ramírez encarnó el caso de quien se hace camino donde lo lleve el destino: nació en Áncash, pero desde muy pequeño se mudó a Lima con sus padres. Vivió en San Martín de Porres, en una casa grande que con el tiempo se convertiría en el centro de reuniones y celebraciones de la familia. Fue el mayor de siete hermanos, y a los 21 años –ya como profesional– se mudó a Iquitos, el corazón de la selva, donde se enamoró. Con su esposa el recorrido se extendería a medio mundo: Europa, Sudamérica, Estados Unidos y México.

“Mi madre era su compinche, viajaban juntos, se divertían mucho, vivían plenamente”, dice su hija.

En Iquitos, Jesús Gamarra se hizo docente universitario en la UNAP, y con el tiempo también enseñaría en la Universidad Científica del Perú, donde fue decano de la Facultad de Economía.

Contra lo que indican los cánones de su profesión, Gamarra era dispendioso de afectos. “Tenía muchos amigos, amigos de verdad, que yo veía cuando era chiquita y luego ya de grande, ahora, o en su cumpleaños del año pasado”, dice Kelly Gamarra, su hija. Pero quizá el momento cumbre ocurría en las esperadas fiestas de septiembre, cuando toda la estirpe Gamarra se reunía para celebrar el cumpleaños de la matriarca de la casa.

Entonces el casi siempre metódico catedrático de Economía se convertía en un consumado bailador de salsa. “El que tiene son, tiene son”, repetía, según recuerdan en casa. Hay videos de esos días que acreditan su talento.

Jesús Gamarra no tenía planeado jubilarse. Tampoco padecía enfermedades preexistentes y comía sano. Por eso su muerte cogió desprevenidos a todos. “Hasta ahora no me lo creo”, dice su hija Kelly, quien ha recibido muchas llamadas de condolencias. En el metalenguaje de los economistas se diría que su desaparición ha remecido una cadena productiva de sentimientos. Tal vez baste decir, con el mejor tono salsero, que el barrio se ha quedado con pena.

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Fotografía de Anibal Muñoz

El médico que nunca dejó a su pueblo

Aníbal Muñoz Mendoza

Iquitos, 1966

Médico oncólogo

 

En la cama del hospital donde estaba internado, el doctor Aníbal Muñoz escribió un mensaje que confirmó la idea que muchos tenían de él: la de alguien que convierte el infortunio en una fuerza vital. “No tengo muchos recuerdos de mi infancia, porque al principio solo había pobreza y ganas de estudiar con más ganas”, decía el texto, que se viralizó mientras Muñoz luchaba contra el virus. La paradoja es que su partida, convertido ya en un médico respetado y querido, ha marcado la memoria de mucha gente, como se ve en muchos muros de redes sociales.

“Desde pequeño soñaba con ser médico”, cuenta su hermana Roxana. Eran tiempos recios y ambos ayudaban a su madre a vender pollo en el mercado central de Iquitos. Llegado el momento, tuvo que ir a trabajar en campo para una empresa petrolera con el fin de ahorrar algo de dinero que le permitiera estudiar. Con el dinero que ganó, se compró una mototaxi. Con esa herramienta de trabajo se pagó la carrera en la Universidad Nacional de la Amazonía Peruana (UNAP) de Loreto.

“Lo volvería a repetir cien veces más: manejar ese motocar que me permitió vestirme de blanco”, dice su mensaje escrito en el hospital.

Muñoz hizo su residencia en el Hospital Guillermo Almenara, de Lima. Se especializó en el tratamiento del cáncer. Un colega suyo ha recordado en redes que, en lugar de buscar otros horizontes, prefirió regresar a su tierra, donde promovió la apertura de la primera sala de quimioterapia. Era la voz más activa para pedir que se implementara una estrategia contra el cáncer en esa región. Lo que recordarán sus pacientes -algunos tan pobres que trataban de pagarle con animales de corral- es que siempre fue accesible, incluso si lo buscaban de madrugada para atender una urgencia.

En Alto Amazonas, donde fue gerente de la Red de Salud y regidor provincial, lo recuerdan como un médico altruista. En su afán por construir una mejor región fue también director regional de Salud de Loreto y candidato al Congreso en las elecciones del 2019.

“Que Dios me perdone, pero creo que acá Él se ha equivocado. Mi hermano no debió morirse, tan bueno que era”, dice Roxana. Muñoz deja dos hijos, de 22 y 12 años, y antes de morir se enteró que sería padre por tercera vez: su esposa tiene dos meses de embarazo.

Era un soñador que dejó proyectos inconclusos: un consultorio médico a medio construir y la idea de levantar un hospital oncológico. Sabía que el sistema de salud es precario en la selva, por eso cuando ingresó a la Unidad de Cuidados Intensivos del hospital regional dijo que quizás iba hacia la muerte. El último viernes, el médico hubiera cumplido 54 años. El avión que lo trasladaría a Lima, para intentar salvarlo, llegó unas horas tarde.

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Fotografía de Marcelina Mayna

La maestra de lenguaje y artesanías

Marcelina Maynas Collantes (Soi Same)

Ucayali, 1950

Artesana y comerciante

La inspiración de Marcelina Maynas nació en sus ojos. Desde que era pequeña, su madre aplicaba un secreto ancestral para cultivar la herencia de las mujeres artesanas de Ucayali: unas gotas de la planta medicinal ‘piri piri’ en sus retinas generaban el efecto mágico para plasmar la cosmovisión de los pueblos shipibo-konibo en prendas de vestir y accesorios. “No hacía diseños repetidos, los creaba al momento”, cuenta su hijo Ronald Suárez, sobre esa habilidad que la convirtió en una maestra para la comunidad, y en el personaje más importante de consulta para los académicos que estudiaban su cultura.

Hay múltiples formas para dirigirse a los maestros que dejan huella en las lecciones de clase. A Marcelina solían llamarla ‘madre’ como un atributo de familiaridad y reconocimiento de sabiduría. La tradición del pueblo shipibo-konibo asigna nombres, en algunos casos, para destacar las cualidades de una persona. Es así que ella recibió el nombre de Soi Same, que significa mujer fina y hermosa.

¿Y cómo se hace el diseño?, era la pregunta que solían hacerle investigadores, comerciantes y hasta diseñadores de moda, atraídos por la calidad de los textiles de Marcelina Maynas. Ella confeccionaba faldas, blusas, gorras y brazaletes a base de hilo y mostacillas. La preparación tenía mucha mística: los colores y los diseños procedían de la fuente natural de los árboles. Es toda una cadena de conocimiento que Soi Same transmitía a cualquier interesado en la artesanía indígena. Por eso científicos sociales del país y el extranjero viajaban hasta Ucayali solo para conocer esa experiencia de cerca.

Marcelina Maynas era una mujer autodidacta. Nunca asistió a la escuela por las nulas condiciones de acceso a la educación en su comunidad, pero eso jamás la detuvo. Aprendió a leer y escribir por iniciativa propia. Cuando empezó a formar parte de una congregación evangélica, ya era capaz de leer la biblia en su lengua natal. Decía que lo correcto era expresar el mensaje de manera clara, sin retórica, para que entienda lo mismo desde un niño hasta un anciano. “Ella me enseñó a escribir bien en shipibo para graduarme, y nos corregía cuando hablábamos o leíamos mal nuestra lengua”, dice su hijo Ronald Suárez.

Muchos lingüistas que preparaban maestrías y doctorados también la buscaban para despejar las dudas y recibir lecciones.

En distintas ocasiones, Marcelina fue la voz de aliento y fuerza de la comunidad cuando se reportaban daños ambientales de las petroleras o taladores ilegales. Criticaba el hecho de que los recursos naturales sean para esas empresas una fuente de lucro económico, mientras que para su pueblo son la clave de su subsistencia. Con ese mismo ímpetu hacía frente a la discriminación: no pocas veces sufrió insultos por su origen indígena en los mercados de la ciudad de Pucallpa. Eso empezó a afectarle cada vez menos cuando notaba el interés de otra gente por revalorizar su cultura. Decía que las enseñanzas y creaciones conectadas a la naturaleza no son motivo burla.

Esa misma confianza la transmitió a sus hijos. ”Tú tienes que estudiar y ser profesional. Eso es lo que te va a hacer diferente. No tengas miedo”, recuerda Ronald que ella decía cada vez que él se quejaba de haber sido discriminado en el colegio.

Un día, Marcelina Maynas propuso organizar una marcha contra la discriminación en rechazo a las declaraciones de un congresista que, tras el asesinato de una mujer indígena durante una sesión de ayahuasca, había ofendido las costumbres del pueblo shipibo-Konibo. La protesta impactó en la ciudad de Pucallpa, al punto que los pueblos asháninka, yine, wampís y achuar se sumaron a la jornada.

Soi Same era generosa y servicial con las personas que lo necesitaban. Hasta sus últimos días gestionó la entrega de canastas de víveres para algunas comunidades indígenas en Ucayali. Su hijo Ronald asumió la tarea de repartirlas. Fue en medio de esos ajetreos cuando ella empezó a sentir mucho malestar. Entonces, ella aprovechó en decirle que sentía orgullo al verlo convertido en dirigente de las poblaciones shipibo-konibo en Ucayali, y que la gente reconocía su trabajo. “Hay que ser justo, y no ser corrupto. Nunca se debe robar al pueblo, no quiero verte en la cárcel y sentir vergüenza por eso”, le dijo. Era la lección de vida que el hijo nunca podrá olvidar.

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Foto Orlando Vásquez

Dios y la Policía eran su divisa

Orlando Jaime Vásquez Zumarán

Lima, 1966

Suboficial de la Policía

Apenas cayó la pandemia, el suboficial PNP Orlando Vásquez empezó a llevar consigo un termo con agua de cebolla caliente preparado como receta casera por su esposa, y una Biblia enfundada en cuerina negra regalada por su madre. Eran sus dos amuletos mientras conducía uno de los patrulleros de la Comisaría de la tercera unidad vecinal de Mirones, en Lima. “Es mi trabajo y tengo que cumplir; me voy a cuidar, te lo prometo”, fue la respuesta que le dio a su esposa Luzmila Nuñes, cuando ella le propuso renunciar a su labor de patrullaje durante la Emergencia Sanitaria.

Orlando era un apasionado del estudio y de la amistad. Días previos a los últimos exámenes de ascenso en la Policía, vivía encerrado en un cuarto de su casa en el distrito de Mi Perú (Callao). Aquel esfuerzo ya se había reflejado en el pasado con los 98 puntos de un total de 100 que alcanzó tras rendir su evaluación. Además, en sus 27 años de servicio, siempre fue un colega excelente y respetuoso, según la infinidad de policías que han contactado a Luzmila para darle el pésame por la partida de su esposo, el pasado 20 de mayo. “Me llaman amigos de él que yo no conozco para decirme que fue una excelente persona; incluso he recibido la llamada de la señora encargada de preparar los alimentos en la Comisaría”, cuenta Luzmila.

El termo caliente era una de las tantas muestras de amor que Luzmila le dio a Orlando en sus 26 años de casados. Ambos se conocieron a inicios de la década de los 90’. En ese entonces, ella era practicante de enfermería en la Clínica San Juan de Dios, y utilizaba el transporte público para regresar a su casa. Como su paradero final era el último de la ruta, Luzmila siempre conversaba con el chofer del bus, quien solía decirle: “Señorita, estudie y sea algo en la vida”. En uno de los viajes el diálogo tuvo un tercer interlocutor: Orlando Vásquez, el hijo del conductor que estaba sentado en uno de los asientos. Aquel lejano día empezó una amistad que se transformó en salidas recurrentes y en un noviazgo que luego acabó en boda. El 30 de abril de este año, ambos renovaron sus dos décadas de matrimonio. Luzmila siempre recuerda la promesa de su marido: “Juntitos hasta viejitos”.

Un 4 de mayo de hace 14 años, Orlando y Luzmila tuvieron una hija que bautizaron con el nombre de Nayaret. “Lo vi tan contento ese día, ella era su adoración”, dice la esposa por celular, al mismo tiempo que aprovecha y pone el aparato en altavoz para que la menor recuerde las aventuras del padre. Por ejemplo, el año pasado Orlando se escapó por algunos minutos de su patrullaje de rutina para asistir a la actividad por el Día del Padre en el colegio de Nayaret. Tal era el amor que sentía por su hija. “Él siempre decía que se iba a retirar cuando cumpla 30 años de servicio, para comprarse un carro nuevo y llevar a su hija a la universidad”, cuenta Luzmila.

Sin embargo, Orlando tenía un sueño más inmediato: una gran fiesta por los 15 años de su hija en el local de la Iglesia Evangélica Presbiteriana y Reformada, ubicada a tres cuadras de su casa en Mi Perú. En ese mismo espacio, dos años antes, Orlando había renovado sus votos como cristiano, vestido con camisa blanca y corbata, y acompañado por su familia. Cuando estaba de franco, él acompañaba a su familia al culto de los días domingo, entre las 11 de la mañana y la 1 de la tarde, y a las lecturas bíblicas de los martes y los jueves de oración. “Se entregó plenamente a serle fiel a Dios”, dice Luzmila.

Orlando dedicaba varias horas de su tiempo libre a leer y estudiar la Biblia, a pesar de que a veces sus colegas lo molestaban en el trabajo. “Él me decía que no le importaba, y nunca contestaba de manera grosera”, asegura su esposa. Quería estudiar y ser presbítero de su Iglesia, pues estaba comprometido en elegir el camino de Dios, según sus propias palabras. La tremenda fe de su esposo, que se reflejó en las largas noches de lectura de su credo y en la dedicación de servicio en su trabajo, hoy reconfortan a Luzmila en tiempos de duelo: “Él ahorita está feliz al lado del Señor”.

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Ernesto Canayo

El niño que pescaba en el río Ucayali

Ernesto Canayo Vásquez

Pucallpa (Ucayali), 1975

Trabajador de limpieza de la Municipalidad de Lima

 

Ernesto Canayo creció en el corazón de Pucallpa, rodeado de árboles y escuchando el trino de los pájaros y el rumor de la lluvia. Exactamente, a la altura del kilómetro 15 de la carretera Federico Basadre, entonces una extensa pista de tierra colorada. “Por la sede de la Misión Suiza en Perú, por ahí, adentro, está nuestro pueblo”, recuerda su hermana Rossi, sobre los imborrables años de su infancia. En el escalafón de autoridad del hogar, Ernesto era quien asumía la protección y cuidado del linaje de los Canayo, cuatro niñas y un niño, cuando mamá debía dejarlos solos para trabajar vendiendo artesanías en la ciudad.

“Tengo recuerdos hermosos de él: a veces no teníamos qué comer, y nos llevaba a pescar”, cuenta Rossi en estos días de luto. Uno de ellos siempre persiste en su memoria. Son las 9 de la mañana, ella lleva fósforos y una ollita en la mano para preparar la comida, mientras sus hermanos, con Ernesto a la cabeza, caminan rumbo a las aguas del río Ucayali. Ese entrañable recuerdo de liderazgo familiar, Canayo lo intentó replicar en Lima, cuando llegó con apenas 19 años. Eran los ‘90 y la capital, caótica y agresiva, apenas sobrevivía a sus peores años.

Con el tiempo, y el talante de todo buen hijo de la selva, Ernesto acabó velando por los suyos desde el asentamiento de Cantagallo, en el distrito del Rímac, en donde vive la emblemática comunidad Shipibo-Konibo desde hace dos décadas. Así fue, en las buenas y en las malas. Durante los últimos años se dedicó a las labores de reconstrucción de la comunidad, luego de que un sorpresivo incendio dejara sin hogar a más de 500 familias. “Era noble, siempre apoyaba y buscaba lo mejor para todos, no solo para él”, dice su hermana.

Ese rasgo de su personalidad fue más que visible apenas inició el Estado de Emergencia en marzo último. Ernesto le pidió a su pareja regresar a Pucallpa junto a su bebé de apenas dos años para ponerse a salvo de la enfermedad. Entonces, él laboraba para la Municipalidad de Lima en el rubro de limpieza pública, que continúo funcionando como muchas otras labores esenciales. “Váyanse ustedes”, le dijo Ernesto a la madre de su hijo, rememora Rossi. Luego ambos hermanos se hicieron compañía a través de largas conversaciones telefónicas diarias que apenas presagiaron el fatal desenlace.

Hoy, mientras evoca al pariente perdido, Rossi recuerda que los avatares de la vida diaria, los años en Lima y la distancia del hogar asentado en la margen de la carretera Federico Basadre, nunca hicieron que su hermano olvide sus raíces. Ernesto siempre reivindicó su idioma y sus costumbres. Incluso cuando su madre viajaba a la capital para visitarlo, ambos salían a pasear vestidos con los trajes típicos de la comunidad Shipibo-Konibo. “Nunca tenía vergüenza”, cuenta Rossi, quien también migró de joven para trabajar en Ica.

El afán de Ernesto por visibilizar su origen era una de las solapadas maneras que encontró la nostalgia para recordarle su tierra y a los suyos. En efecto, él pensaba volver a Pucallpa para cuidar y apoyar a su madre y a sus hermanas. Ellas lo sabían y también lo añoraban. “Era nuestro hermano mayor, pero para mí era ‘mi hermanito’. Sin importar su edad siempre será mi hermanito”. Entre los hijos del lejano hogar de la infancia, rodeado de la selva, los pájaros y la lluvia, el recuerdo de esos años es imperecedero. Ernesto siempre será recordado como el niño que los llevó a pescar al río.

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Bernardina Gallardo

Adiós a la cocinera de la cumbia

Bernarda Milagro Gallardo Juárez

Piura, 1961

Cocinera

 

Si no enfrentáramos esta pandemia, que ha obligado a cancelar las manifestaciones públicas, el sepelio de Bernarda Gallardo Juárez hubiera tenido la asistencia de un concierto de cumbia. Quizá tanto como el de su hermano ‘Makuko’ Gallardo, el recordado vocalista de la orquesta piurana Armonía 10, que hace años fue despedido entre colas inmensas y un mar de dolientes en Piura. El vínculo de Doña Bernarda con la orquesta no estaba en el parentesco, sino en los potajes que ella preparaba para los cantantes e instrumentistas antes y después de cada presentación. Y ya se sabe que la música y la comida son los pilares de nuestra educación sentimental.

Los domingos, el patio de la casa de Bernarda Gallardo se copaba de comensales que disfrutaban del frito, un plato que incluye arroz, plátanos, tamales y carne de chancho. Entre los asistentes uno podía cruzarse con el ‘Gato’ Bazán, el icónico animador de la orquesta; en su momento con Percy Chapoñay, ya fallecido, celebrada voz de éxitos como ‘Pobre soy’ o ‘Un cigarrillo y un café’; y con el resto de las voces de oro de Armonía 10. Todo peruano del norte sabe que la comida es el territorio popular de la democracia: no era raro que la sazón de la casa atrajera también a los integrantes de Agua Marina -otra mítica orquesta piurana de cumbia-, a autoridades y gente sencilla, a propios y extraños.

Como en buena parte del imaginario cumbiero, la historia de Bernarda Gallardo hablaba de una vida de rigores y emociones. De niña trabajó vendiendo yuca y condimentos en el mercado de Piura, junto a su hermano ‘Makuko’, quien en alguna época también trabajó en una cocina. Su madre les enseñó los secretos del frito, la patasca y el mondonguito, y Bernardina Gallardo los transmitió luego a su hija menor, con la idea de entrar a una etapa más tranquila de la vida.

A inicio de la pandemia, ella estaba sana, acudía puntual a los controles médicos propios de su edad, y llevaba unos meses en un programa nutricional para controlar su peso. Por eso su hijo Kristofer piensa ahora que el mayor riesgo quizá estuvo en su carácter solidario: como vivía al frente del mercado de la ciudad, muchas personas le confiaban sus paquetes de provisiones mientras terminaban de hacer sus compras. Ella los recibía sin poner excusas. “Quizás alguien que le encargó una de sus bolsas de víveres la contagió. Era tan buena, nunca decía que no”, lamenta el hijo.

La noticia de su muerte causó consternación en el barrio. “Muchísima gente del mercado me llamó a agradecerme y a darme las condolencias”, dice Kristofer. Con ella se pierde una oficial mayor de eso que el famoso chef Gastón Acurio denominó como el ejército de paz de los cocineros del Perú. La cocinera de la cumbia, también se podría decir.

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Santiago Pizango

El marino que extrañaba a su madre

Santiago Ricci Pizango Sandoval

Tambopata (Madre de Dios), 1970

Técnico de la Marina

 

Poco después de perder a su madre, Santiago sintió que tenía una tarea por cumplir: velar por el lugar de su descanso final y proteger su recuerdo del olvido. Como buen militar que invocaba disciplina y puntualidad como mandamientos para sus hijos, acometió la labor con la misma devoción y amor que recibió de la mujer que lo trajo al mundo en Madre de Dios. Por eso, luego de su entierro en el cementerio de Puerto Maldonado, una idea lo abordó con obsesión: construir un mausoleo que hiciera justicia al amor filial que sentía por la señora Telma Sandoval.

Irónicamente, la rutina de la vida militar hizo que la tarea del mausoleo se retrasara y se hiciera más complicada de lo que parecía a simple vista, aun cuando Santiago era conocido por sus compañeros de la Marina con el apelativo de ‘Bala’ por su envidiable estado físico. “Mi papá fue muy dedicado a su trabajo, eso era lo primordial”, dice su hijo Juan, quien siguió sus pasos y se convirtió en marino. Aquella otra pasión, la carrera naval, los viajes a zonas de frontera, en barco por la costa y en lanchas a la selva en áreas de conflicto, finalmente lo estaban apartando del plan que se había trazado.

Debieron pasar dos años, y varios vuelos entre Lima y Madre de Dios, para que completara su cometido. En una de las primeras visitas al sepulcro de su madre, Santiago halló que el lugar había sido invadido por la vegetación. En el cementerio de Madre de Dios los muertos conviven en eterna disputa con la selva que reclama su espacio original. Luego de limpiar el área construyó un techo a dos aguas para que el sol y la lluvia no dañaran la capa de cemento sobre la tumba y finalmente levantó unas paredes de ladrillo rústico para proteger el terreno de la persistente maleza. Solo le faltaba tarrajear y pintar.

En la capital, el marino egresado de la Promoción 1993-B de la Escuela de Infantería de Marina, volvió a su rutina diaria. El año pasado había sido muy bueno para su historial. El Ministerio de Defensa le entregó la condecoración ‘Orden Cruz Peruana al Mérito Naval’, por sus 25 años de servicio, y además participó en el Ejercicio Multinacional de Ayuda Humanitaria ‘Solidarex, junto con marinos de Colombia, Ecuador, Estados Unidos, México y Panamá. Según su hijo, Santiago quería tanto a su institución que siguió trabajando aun sabiendo que padecía un mal cardíaco.

En esas estaba cuando el Gobierno decretó el Estado de Emergencia y la Marina se sumó al combate contra la enfermedad. “Mi papá estaba mal, pero aún así se arriesgó. A pesar de su situación ayudaba a la gente”, cuenta Juan, quien hoy está destacado en Loreto, uno de los mayores focos de la pandemia en Perú. Como militar, Santiago también sabía que su trabajo era de alto riesgo. Por ello, luego de la muerte de su madre, se encomendaba a ella cuando le pedía protección en sus redes sociales: “Recordándole a mamita que me cuide las 24 horas del día. De mi casa al trabajo”.

De aquellos mensajes, y de la vida naval de Santiago, nunca se advierte miedo a la muerte, solo añoranza y fe por el reencuentro final con doña Telma. Así también lo hizo saber en Facebook, cuando acabó el mausoleo de su madre: “Ya estaré contigo cuando el Señor lo quiera. Te extraño mucho”.

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Neil Alarcon

El médico que quería cambiar el mundo

Neil Alarcón Quispe

Andahuaylas (Apurímac), 1986

Médico

 

Cuando se cuente la historia de esta pandemia, se recordará la carta desgarrada que una madre acaba de enviar al presidente de la República y a su ministro de Salud. “Sr. Presidente, no solo le escribo como madre, sino también como una extrabajadora del sector Salud que le ha dedicado más de 34 años al servicio, al igual que cuatro de mis hijos, quienes se encuentran trabajando en primera línea, 2 de ellos como médicos, uno como químico farmacéutico, y justamente mi último hijo, Neil, de 34 años, quien ha dado su vida por su vocación y sin ser escuchado por el Estado”. La autora de la misiva, Mery Quispe Saldívar, no firma como la técnica en nutrición de toda la vida, sino con la autoridad del duelo que le toca: “Madre del Dr. Neil Alarcón Quispe”.

El doctor Neil Alarcón era el último de siete hermanos. Entre los mayores hay un médico y obstetra, Carlos; un médico con especialidad en radiología, Jool; y el que optó por la rama farmacéutica, Ylich. Por eso no sorprendió que el menor de todos, que casi se crió en hospitales, optara por el mismo camino desde Andahuaylas hasta Pucallpa.

Alarcón empezó su formación en la Escuela de Enfermería de la Universidad Nacional de Ucayali, en la misma ciudad donde trabajaban sus hermanos médicos Allí también desarrolló una inquietud política que lo llevó a ser miembro del Consejo Universitario. Con el tiempo logró el traslado a la especialidad de Medicina, y terminó sus estudios en la Universidad Privada Abierta Latinoamericana, en Bolivia. El último paso quizá define su temperamento: según su familia, se fue siguiendo el amor. “Era muy apasionado”, recuerda Jool Alarcón, el radiólogo de la casa, quien llegó a trabajar junto con él y tiene la memoria viva de muchos detalles personales.

Por ejemplo, que a Neil le gustó mucho el clima y la calidez de la gente de Pucallpa y que había decidido quedarse a vivir allí. El más joven de los doctores Alarcón quería construir una casa grande y el año pasado había comprado un terreno de varias decenas de hectáreas, donde pensaba criar animales. Pero su proyecto más ambicioso era abrir una gran clínica en la ciudad para atender a los más pobres y vulnerables.

Más que un sueño, era un proyecto en marcha: ya había abierto un pequeño centro de salud y él mismo había colaborado con la remodelación y el diseño de las instalaciones. Allí concentraría sus esfuerzos apenas culminara su Servicio Rural y Urbano Marginal de Salud (SERUMS), en octubre del 2020. Mientras llegaba ese momento, todos los fines de semana viajaba a Lima para llevar una maestría en Salud Pública en la Universidad Alas Peruanas, donde estaba próximo a terminar su proyecto de tesis. Para entonces ya no era el muchacho que seguía a sus hermanos, sino el médico que modelaba su destino.

Cuando empezaron a conocerse las noticias de la pandemia, la madre de Neil Alarcón Quispe le pidió que dejara su trabajo en ese centro de salud que llevaba el sintomático nombre de ‘Fraternidad’. Él insistió: “Mamá, estoy al frente, no hay médicos y me necesitan”, recuerda la señora Quispe.

Alarcón cuidó de otros colegas y vecinos contagiados con Covid-19 hasta donde pudo. Les entregó medicinas que se conseguían en Pucallpa, y cuando fue necesario le pidió a uno de sus hermanos que le enviara desde Lima una encomienda con más medicamentos y equipo de protección. En esos trances contrajo la enfermedad. Ahora su familia está convencida de que él mismo no recibió la atención adecuada que le hubiera salvado la vida. La certeza es más dura aún en una familia de especialistas de la salud.

“Sr. Presidente, ¿quién me devolverá a mi hijo? ¿Deben seguir la misma suerte mis otros hijos”, preguntó la madre del doctor Neil Alarcón Quispe en la carta al presidente de la República. Se han hecho películas sobre esas circunstancias en que varios hermanos enfrentan el peligro por cumplir su deber en la misma trinchera, pero la realidad tiene su propia dureza.

La señora Quispe recuerda que hace muchos años, cuando empezó a trabajar como técnica en el hospital subregional de Andahuaylas, le preguntaron: “Usted tiene siete niños, ¿a cuántos de sus hijos va a dedicar al Ministerio de Salud?”. Ella recuerda haber contestado que, si dependiera de su elección, a todos. En ese momento fue un rapto de entusiasmo. Ahora es un recuerdo triste.

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Roberto Mozombite

El policía que honraba su palabra

Roberto Carlos Mozombite Olórtiga

Sullana (Piura), 1979

Suboficial de la Policía Nacional

 

Su padre Agustín Mozombite, un extécnico del Ejército, le inculcó dos lecciones que dejarían huella en su vida: cumplir con la palabra empeñada y ser agradecido con los que le dieran la mano. Desde su niñez en la calurosa Sullana, hasta sus últimos días en Lima, Roberto fue recordado por acatar esos preceptos. Los obedeció de chiquito, en el terreno arenoso que habitaba junto a sus seis hermanos, y mientras cuidaba los ladrillos que compraban sus papas para levantar su casa. Luego los practicó cuando ingresó a su segundo hogar: la Policía Nacional. “Fue el penúltimo, pero el más trabajador y empeñoso de nosotros”, dice su hermana Lucía.

Con las lecciones presentes del padre, Roberto estudió y se graduó de la carrera técnica de mecánica automotriz. Luego ingresó a la Escuela de la Policía y empezó una etapa de su vida que se prolongaría por más de 15 años. En ese lapso, el ‘Chino’ –como lo bautizaron con cariño sus colegas de armas– pasó por diferentes dependencias policiales en Lima, incluido un largo destaque de cinco años a la convulsionada zona ayacuchana del Vraem. Finalmente, llegó a la Comisaría de San Pedro en El Agustino, en donde sirvió en los últimos meses de su vida.

No contento con eso, Roberto postuló y cursó estudios superiores de Ingeniería Automotriz en la Universidad Tecnológica del Perú en Lima, al mismo tiempo que ejercía como policía. “Jamás faltó un día en cumplir sus labores. Podía tener mil compromisos, pero siempre su trabajo era primero”, dice Lucía al recordar a su hermano menor. Su padre le había enseñado a honrar su palabra y ese compromiso era con la Policía. En los últimos dos años, Roberto también dedicó parte de su tiempo a su gran amor: su madre Jesús Olórtiga, quien padecía de diferentes males de salud.

Por ella, el policía dejó sus estudios universitarios para costear el marcapasos que necesitaba y al mismo tiempo la acompañaba a su tratamiento de diálisis en el hospital. “Él regresaba a su casa a las 11 de la noche y luego se levantaba a las 4 de la mañana para ir a la comisaría”, recuerda su hermana. A pesar de todos los esfuerzos de Roberto, quien subió de peso por la preocupación y las malas noches, su madre falleció en junio del año pasado. Entonces, nadie presagiaba que los días de una letal pandemia nacida en China estaban por llegar.

Aquella muerte lo golpeó con fuerza. Sin esposa e hijos, doña Jesús era su gran motor para seguir adelante. Sin embargo, el tiempo cura heridas, incluso las más lacerantes. Para enero de este año, compartiendo el duelo con sus hermanos y amigos, Roberto ya estaba de regreso en la universidad, apenas le faltaba año y medio para acabar la carrera, y había retomado uno de sus pasatiempos: jugar fútbol y correr junto a sus amigos por la costanera. Tanto se había enamorado del deporte que llegó a instalar un pequeño gimnasio en su casa.

Los kilos ganados en los días de angustia por su madre habían desaparecido, pero los sueños por un futuro mejor estaban de vuelta. Su hermana recuerda que Roberto quería acabar sus estudios y quizá volver a su natal Sullana para invertir en algún negocio, mientras seguía en su querida Policía. Todo cambió en semanas. El 1 de mayo, al son de una trompeta fúnebre y con el quepi y la urna en manos, sus compañeros lo despidieron con una frase que resuena demasiado en estos días: “Honor y gloria, Roberto Carlos Mozombite”. El ‘Chino’ había partido.

Meses antes un colega lo llegó a fotografiar en su escritorio. Vestía camisa blanca, pantalón y zapatos negros y chaleco de oficina. Relajado y sonriente, parecía un detective de película.

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Robert Falcon

Un bombero sin fronteras

Robert Enrique Falcón Vásquez 

Iquitos (Loreto), 1965

Jefe municipal de Defensa Civil

Si el temple de cada persona se revela en las tragedias, la pandemia del Covid-19 agudiza rasgos de humanidad. El capitán de bomberos Robert Falcón mantuvo el sentido de su uniforme hasta sus últimas horas. “Ya internado, me decía que apoye a las otras personas y viejitos con el oxígeno, porque todo era un caos en ese hospital”, cuenta su esposa, Cathy Grandez. El principal establecimiento de salud de Iquitos ya era el epicentro de otra tragedia, una mundial, pero esta vez Falcón estaba entre los afectados.

La señora Grandez dice que el espíritu solidario de su esposo era legado de su padre, quien en su tiempo agotaba su sueldo para apoyar a jóvenes con talento futbolístico, pero agobiados por la pobreza. El turno de Falcón, miembro de la primera generación del cuerpo en Iquitos,  se produjo en el 2008, cuando un grupo de niños de la comunidad Los Delfines falleció víctima de leptospirosis, una enfermedad infecciosa y mortal que golpea la región. Al conocer el caso, Roberto Falcón, al mando de los Bomberos Unidos Sin Fronteras (BUSF), empezó una cruzada -junto a bomberos españoles- para la instalación de plantas de agua potable en las comunidades que eran asoladas por la enfermedad.

Al momento en que empezó la pandemia, el capitán Falcón llevaba más de tres años luchando por el traslado de un vehículo con escalera telescópica donado por los bomberos españoles del BUSF. Buscaba que el Gobierno Regional de Loreto o la comuna de San Juan Bautista asumieran los gastos logísticos. No lo consiguió, y eso debió ser un impacto en un hombre que se dedica a salvar vidas: una vez lloró de impotencia al conocer que tres niños y su madre murieron asfixiados tras el incendio de una vivienda del barrio de Belén. Él creía que los equipos pudieron salvar esas vidas.

Falcón era ingeniero y tenía muchas ideas en mente para ayudar a su ciudad. Solía aparecer en los medios locales de Iquitos para brindar información sobre prevención de incendios en Navidad o para advertir sobre las medidas de mitigación ante la creciente de los ríos, un entorno natural y cotidiano para muchas familias de esta región amazónica.

El bombero lo conocía porque, además, dedicaba sus ratos libres a la pesca deportiva. Viajaba por los extensos ríos de Nanay junto a ‘Los locos de la pesca’, un grupo de aficionados de distintas profesiones: funcionarios, mototaxistas, albañiles. Fiel a sus inquietudes, aprovechaba ese espacio para realizar con sus compañeros pescadores actividades navideñas en las zonas menos favorecidas.

“Hubo gente increíble que lo ayudó, y gente de la que esperó mucho, pero que ni ha aparecido”, lamenta su ahora viuda.

El hombre que se dedicaba a socorrer a los demás falleció al lado de un ventilador mecánico portátil que sus hermanos de rojo le consiguieron pero que, según ha declarado su viuda, nadie en el hospital llegó a colocarle.

Entre las últimas acciones del jefe Falcón al frente del equipo de Defensa Civil en la municipalidad distrital de San Juan Bautista se recuerda un reparto de víveres para abastecer a los centros poblados de las zonas en cuarentena. De esas cruzadas cotidianas estaba hecha su vida de un bombero.

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Manuel Sanchez Cobos

El amor llegó por la radio

Manuel Sánchez Cobos

Lagunas (Loreto), 1960

Periodista

 

El verdadero órgano de la memoria tiene que ser el corazón: podemos dibujar la biografía de una persona a partir de las emociones y pequeñeces compartidas. La esposa de Manuel Sánchez recuerda, por ejemplo, un detalle: lo primero que él le dijo al conocerse fue que era fiel oyente del programa musical que ella conducía en una radio de Iquitos. Loti Rimachi, sorprendida, solo atinó a decir que mucha gente lo escuchaba. Ese intercambio mínimo, una broma de momento, fue el inicio de una amistad que duró un año. Luego se hicieron novios y un año y medio después se casaron por la iglesia. “Ha sido el amor de mi vida, y le doy gracias a Dios por eso”, dice ella.

La señora Rimachi recuerda otros rasgos que pintan al Manuel Sánchez de sus ojos: el primer corresponsal de la cadena estatal en la región amazónica; el defensor de la naturaleza, que escribía artículos sobre ecología, tala ilegal, tráfico de animales, y delitos ambientales; el hombre que, incluso con treinta años de carrera a cuestas, procuraba mantenerse actualizado mediante capacitaciones online y cursos a distancia.

Y recuerda también que estaban unidos por la fe. Manuel Sánchez era miembro, como ella, de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Ambos recorrieron pueblos de la selva llevando ayuda y predicando la palabra de Dios.

Se puede entender a un hombre por sus gestos cotidianos más que por su imagen pública. El retrato hablado de Sánchez dice que en sus ratos libres hacía pesca artesanal con sus colegas del canal. “A veces me enseñaba los videos de lo que pescaba y yo le decía: ¿por qué no me trajiste ese sábalo? Él me respondía: porque era muy pequeño, no cumplía la talla mínima”, dice la señora Rimachi. Nadie da medallas por lo actos de conciencia, pero estos generan memoria.

“Era un hombre que se dejaba querer”, insiste la esposa.

Cuando estalló la pandemia, la empresa periodística donde Sánchez trabajaba mandó a sus casas a los trabajadores mayores de 60 años. A él le faltaba un año para entrar en ese grupo protegido. En lugar de quejarse, Sánchez se mantuvo al frente de la filial. Que en ese trance se haya contagiado se convierte en otro acto de servicio a la Nación.

Su esposa y sus dos hijos acompañaron a Manuel Sánchez hasta sus últimos momentos en el hospital de EsSalud. Lo vieron en la cama improvisada que le tocó dentro de una carpa, porque adentro todo estaba atiborrado, y pusieron a su lado un balón de oxígeno que costó 4 mil soles. Pero si le preguntan, la señora Rimachi, Loti, recuerda sobre todo que Manuel la agarró de la mano y le dijo que había visto cosas bonitas que ella no alcanzaba a ver. Fue un momento definitorio para esa historia de amor que empezó con aquella lejana broma sobre el programa de radio. La vida es eterna en cinco minutos, dice una canción que habla de alguien que también se llama Manuel. Ella cuenta que miró a su esposo con amor y se resignó. “Estoy segura que nos volveremos a encontrar en el cielo”, le dijo, y se echó a llorar.

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Médico

El médico que deja un pueblo triste

Rafael Walter García Dávila

Iquitos (Loreto), 1954

Médico neumólogo

 

La pandemia nos ha empujado a una retórica de guerra para hablar de una lucha contra un enemigo desconocido y terrible. Lisbeth Castro, la esposa del médico neumólogo Rafael García Dávila, usa esas palabras con la misma precisión. “¿Qué hacen las mujeres en la guerra, cuando caen sus maridos? Agarran el fusil y se ponen a luchar. Así que en ese momento me dije: ‘Anda, coge ese carro y ve a despedir a tu compañero’”. La señora Castro dice que se encomendó a Dios y salió rumbo al cementerio. Hacía frío. No había flores ni dónde comprarlas. Cuando llegó al camposanto Jardínes del Edén, arrancó unas flores y le hizo un ramo para despedirlo. Unos hombres la condujeron a la tumba donde iban a enterrar a su esposo, fallecido el último 3 de mayo víctima del coronavirus.

-¿No vamos a rezar?- les preguntó ella.

-No- le dijeron-. Este es el nuevo protocolo, mil disculpas.

Lisbeth Castro pidió que la dejaran rezar un momento. Colocó las flores en su tumba y regresó sabiendo -recuerda ahora- que pudo acompañarlo en el último momento, cosa que no pueden hacer muchas otras personas golpeadas por el mismo dolor. “En el camino pensaba que se empieza de a dos y se termina en tribu. En circunstancias normales, cuando estás mayor y falleces, la tribu va a despedirte: los hijos, los nietos, los sobrinos. Pero ahora no es así”. Castro dice que les tocó empezar de a dos y terminar de a dos, con la seguridad de que, en ese momento, en la última despedida, la tribu los acompañaba de lejos.

El día que el doctor García falleció, su esposa entendió la magnitud del amor del prójimo que el neumólogo había generado a su alrededor. Sus hijos le contaron –porque ella aún no ha tenido el valor de revisar las redes sociales– que a Rafael García Dávila lo han querido a montones: los niños a los que atendía en el hospital regional de Loreto o en su consultorio privado, las viejitas que le agradecían en la calle, o las personas que tocaban su puerta incluso de madrugada. El médico pegaba en la vitrina de su consultorio los dibujos que le regalaban los niños que atendió.

Cuando estalló la pandemia, García Dávila le dijo a su esposa: “Voy a atender por teléfono, a cualquier hora”.

Esa no era necesariamente una buena noticia: a sus 65 años, el doctor García era una persona vulnerable y el riesgo aumentaba en medio del colapsado sistema de salud de Loreto. En ocasiones, se quejaba de que ni siquiera había agua potable, recuerda su esposa. Ella, a pesar de su insistencia, no logró hacerlo cambiar de opinión.

En tiempo de paz -esto es, cuando no hay necesidad de que alguien tome un fusil para reemplazar a nadie- la vida del doctor García y su esposa habría sido un relato de compañía. Lisbeth Castro imagina que, si hubieran tenido un poco más de tiempo, estarían paseando, visitando a sus hijos, o en la reunión de cada año con sus compañeros de promoción de Medicina de la Universidad de San Marcos, en Lima, que casi siempre coincidía con su cumpleaños. En momentos como esos cantaban, bailaban, festejaban, tenían charlas interminables sin importar que terminaran hablando una vez más de lo mismo.

En ese tiempo sin retóricas de guerra, que ahora parece tan lejano, en vez de agarrar el fusil del esposo caído, Lisbeth Castro lo hubiera animado en su afán de aprender cosas. Las últimas inquietudes del doctor García fueron la informática y la carpintería.

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Policía Nacional

 

Un policía enamorado de la cocina

Luis Gustavo Herrera Ziegner

Lima, 1958

Suboficial de la Policía Nacional

 

Era policía de profesión, pero cocinero de vocación. Luis Herrera Ziegner nació en La Victoria, pero sus padres arequipeños le heredaron la sazón characata y el carácter bravío del Misti. Por esa herencia volcánica, aprendió tres platos clásicos que lo convirtieron en leyenda en casi todas las unidades policiales que recorrió durante más de tres décadas de servicio: rocoto relleno, malaya frita y adobo. Aquella condición de sibarita consolidó el sobrenombre que usualmente se le aplica a una persona que hallamos entrañable por su afición por la comida: “el Gordo”.

El apelativo, en realidad, le quedaba corto. Luis Herrera era un embajador de la gastronomía arequipeña en la Policía y sus compañeros gozaron por años sus platos de bandera. “Le encantaba cocinar en sus días libres. Muchos de sus colegas lo recuerdan porque llevaba su comida a las festividades”, dice su esposa Elena Criado. Hoy lo cuenta como anécdota, pero aquel rasgo definitivo de su personalidad se develó cuando ella acudió al puesto policial para recoger los objetos personales más preciados de su cónyuge.

“Encontré sus cubiertos guardaditos en su oficina. Era de buen diente, por eso sus utensilios para él eran… ¡uf!”, cuenta la señora Criado. El recuerdo de la partida de Luis Herrera aún está fresco en la memoria de los suyos. Casi tanto como la ilusión que él tenía por llevar a su hija a Disneylandia para celebrar sus 18 años. “Decía que ya había trabajado bastante en la Policía y que le tocaba salir de baja. Con su platita tenía la ilusión de poder darle ese gusto a su hija, ese era su sueño”, rememora.

En efecto, Luis Herrera entregó casi toda su vida a la Policía. De su época juvenil se conserva una foto de 1985, donde aparece delgado y con alrededor de 27 años. El tiempo parece haberse detenido en la imagen. Está sonriendo a la cámara mientras posa junto a sus colegas de equipo. Ellos visten pantalones cortos negros y camisetas deportivas de rayas negras y rojas. En esos días, mientras la subversión asediaba ferozmente en la capital, él estaba destacado en la Región Policial del Callao. Tres décadas después, Herrera se preparaba para el retiro mientras recorría diferentes grupos de la Dirección Nacional Antidrogas (Dirandro).

En el hogar como en su unidad, su ascendencia era entrañable, según su esposa: “Siempre enseñó a sus dos hijos la importancia de los estudios y la honestidad. Ellos son maravillosos porque se guiaron de él”. En la Dirandro, sus colegas cuentan su historia con cariño. “‘El Gordo’ siempre nos apoyaba, tenemos gratitud hacia él”, son las palabras de aliento que su viuda recibió por teléfono luego de su deceso. El respeto de sus compañeros destaca más porque Luis Herrera, como buen hijo de arequipeños, no tenía pelos en la lengua.

“Las cosas te las decía en la cara, pero si un colega se equivocaba también lo apoyaba”, dice su esposa. La mujer que lo acompañó por décadas lo recuerda directo y franco, pero también dispuesto a ayudar. El policía que adoraba las malayas y los adobos era solidario y compartía con los suyos tanto dentro como fuera de la cocina.

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Comentarista deportivo

Adiós al hombre que amaba el fútbol

Manuel Loro Ayala

Sechura (Piura), 1946

Comentarista deportivo

Lo que más se recuerda de una persona son sus maneras y sus pasiones, acaso porque ambas son rasgos casi imposibles de cambiar. A Manuel Loro Ayala le decían el ‘Loco Loro’ porque hablaba mucho, hacía amigos con facilidad y le gustaba dirigir las conversaciones. “Era bromista, generoso con mis abuelos, de gran corazón”, dice su hijo Edwin, el tercero de cinco hermanos. Tenía el buen humor del norte, como hijo de Bernal, un pueblo del Bajo Piura.

Manuel Loro tenía 74 años. El otro rasgo que marca la memoria de sus allegados es su pasión por el fútbol. Quienes lo conocieron dicen que fue un defensa central ineludible para los delanteros, que no dudaba en ir al choque con el rival, pero que también tenía técnica para salir jugando con frialdad y orden desde su posición. Defendió los colores de varios equipos del Bajo Piura, y hasta compitió en la Copa Perú, el torneo de ascenso para el fútbol profesional. El pelotero surgido de un amable pueblo de agricultores debió recordarlo como si hubiera jugado un mundial.

Cuando en 2015 el Club Deportivo La Bocana de Sechura ascendió al fútbol profesional, el ‘Loco Loro’ fue de los primeros en celebrar el triunfo y en comentarlo en varios programas deportivos locales. Para entonces ya era un hombre de 69 años, que guardaba cajones de recuerdos en la memoria y la cojera que le dejó la lesión que lo apartó del deporte. “A mí me gustaba escucharlo, tenía tantas anécdotas de su época de muchacho”, agrega su hijo Edwin.

Loro Ayala fue agricultor, chofer, teniente gobernador y hasta juez de paz. Sus vecinos lo recuerdan por haber impulsado el proyecto de agua y alcantarillado como integrante del frente de defensa del pueblo. Pero nunca de desligó del fútbol. Con los años se hizo delegado de varios equipos. Eso quiere decir que varias generaciones van a recordarlo.

“La vida se pasa rápido”, lamenta su hijo, quien nunca pudo llevarlo en una de sus tres embarcaciones pesqueras, para que los viera trabajar a él y a sus dos hermanos varones en el mar. Edwin dice que les queda el alivio de saber que -en este partido con triunfos y derrotas que es la vida- Manuel Loro demostró que el respeto y las buenas acciones siempre serán el camino. “Nos decía que nunca dejáramos de estar unidos, que sigamos trabajando como hermanos”, recuerda. Juntos, quizá, como un equipo de fútbol.

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Enfermera.

Una mujer sin metas imposibles

Melissa Jeens Hashanga Marichin

Iquitos (Loreto), 1987

Enfermera

 

Le gustaba decirle “íntima” a sus amigas, mientras su hermana la llamaba “mi gorda”. Evangélica y creyente en Dios, divertida y alegre al mismo tiempo. Vivía a todo ritmo. Esa era Melissa Hashanga, natural de Iquitos (Loreto), heredera de una familia dedicada al rubro de la salud: tres de sus cuatro hermanas trabajan como enfermeras o en laboratorios clínicos. Nada le había llegado fácil en la vida. Luego de finalizar sus estudios en el colegio Teniente Manuel Clavero de dicha ciudad, se dedicó al oficio de la manicure y la pedicure. Pocos años después se convertiría en madre soltera.

En su entorno más cercano fue conocida como una mujer de espíritu infatigable y metas claras. Entonces, laboraba alrededor de un centro comercial de Iquitos, donde se concentran los pequeños negocios de pedicure. Allí, un grupo de loretanas, sentadas en sillas en la vía pública, trabajan embelleciendo las manos y pies de los clientes en tránsito. Aquella labor era temporal para Melissa Hashanga, solo una escala para conseguir uno de sus objetivos de la vida: abrir un salón de belleza para ayudar al resto de sus amigas en la cuadra.

Gracias a los ingresos que percibía por estos servicios pudo ingresar a la Universidad Científica del Perú para estudiar enfermería y seguir la senda de sus hermanas. El año pasado acabó sus estudios y casi cerró esa etapa de su vida. “Con la manicure ganó la plata que necesitaba para terminar su carrera. Tenía muchas amistades que la llamaban, era bien conocida porque promocionaba su talento de pintar uñas en Facebook”, recuerda su hermana Giovanna.

Aquella mujer trabajadora se inspiraba en su madre, quien crío sola a sus cinco hijas y que hoy deberá hacer lo mismo por su nieta. “Mi mamá era su sostén y su refugio. Cuidaba a su hija mientras ella estudiaba y trabajaba a la vez”, cuenta Giovanna. Los últimos días de su vida, Melissa Hashanga los pasó laborando en una de las postas de Iquitos y en el Hospital Regional de Loreto, mientras se preparaba para conseguir el título de bachiller que le abriría las puertas de un contrato estable como enfermera.

Con el dinero de su esfuerzo, Melissa soñaba con tener, además de su salón de belleza para ayudar a sus amigas, una casa propia e incluso una clínica. También quería inscribir a su hija en un buen colegio. Ninguna meta parecía imposible para ella. Al evocar su memoria, su hermana resume los rasgos más característicos de Melissa: solidaria, sentimental y fuerte, pero al mismo tiempo bromista. “Era una persona que vivía muy rápido”, dice Giovanna.

En efecto, aquella mujer vital y querendona, recordada por cantar y bailar música de la selva, partió precozmente. El próximo 4 de junio, hubiera cumplido 33 años.

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Secretario judicial

La despedida de un hombre de familia

Iván Jacinto Mendoza Ángeles

Lima, 1977

Secretario del Poder Judicial

Iván Mendoza era una persona reservada en su vida profesional, pero muy cariñosa cuando se trataba de su esposa Sara Aristondo y su madre. Su trabajo como secretario del Juzgado de Familia de Puente Piedra, que día a día lo sometía a la lectura de voluminosos expedientes y disputas legales entre parejas, había forjado su perfil discreto. Cuando el sol caía y volvía a casa, su temple aflojaba y se convertía en un padre gentil y amoroso. “Se revolcaba en el suelo con sus dos hijos y disfrutaba jugando con ellos”, cuenta su esposa. Era, a todas luces, un hombre que amaba la vida familiar.

De niño creció mirando a su padre, quien había sido policía. Por eso intentó continuar sus pasos, antes de inclinarse por la Facultad de Derecho. Postuló para ingresar a la academia de la Policía Nacional, pero “le faltaron algunos puntitos para entrar”, dice su esposa al rememorar que Iván también tenía un carácter abnegado cuando le tocaba sufrir algún padecimiento. “Tenía que estar mal para ir al doctor, él decía: ‘Yo soy fuerte, a mí no me va a pasar nada’”. Sin embargo, detrás de aquella personalidad reservada se escondía un hombre de buena entraña.

El abogado nacido en Lima y graduado en la Universidad Federico Villarreal tenía la misma devoción por su anciana madre, con quien guardaba una estrecha relación y a quien visitaba constantemente. El pasado 24 abril, en la última conversación que la pareja mantuvo por vía celular, la preocupación familiar de Iván era palpable. Sara estaba en casa mientras su esposo permanecía hospitalizado en una clínica de Lima Norte. La comunicación se realizó por celular y, a la luz del desenlace fatal del 1 de mayo, parecía una especie de despedida.

“Te pido que veas a mis hijos y a mi madre, yo nunca te voy a dejar desamparada, siempre voy a estar a tu lado”, dijo Iván en la conversación. En pocas palabras, el abogado le encomendaba, a la mujer con la que había formado un hogar, lo más preciado de su vida.

Iván y Sara tenían muchos planes en mente. Habían programado casarse en septiembre de este año, para oficializar su amor de años; querían un tercer bebé en el 2021 y que sus hijos fueran profesionales: el niño abogado y la niña odontóloga. Los planes de ambos quedaron inmutables en el tiempo, casi tanto como las imágenes plasmadas en innumerables fotos que permiten evocar la felicidad de la pareja y sus niños.

En estos días de luto, la resignación a veces ayuda a sobrellevar momentos de dolor que no tienen explicación inmediata. La esposa de Iván Mendoza así lo entiende cuando se repite a sí misma: “Dios sabe porqué hace las cosas”.

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Exjuez de paz

El estratega que perdimos

Sindefredo Moncada Chuquipiondo

Iquitos (Loreto), 1945

Comentarista deportivo

 

El mayor activo de una persona es la convicción de que puede lograr algo extraordinario. El periodista deportivo Sindefredo Moncada decía tener el secreto capaz de llevar al Perú a un campeonato mundial de fútbol. Quería ser entrenador de la selección nacional y siempre hablaba de lo que llamaba la fórmula 2000, una estrategia para que Perú clasificara mucho antes del milagro que en el 2018 rompió treinta y seis años de mala racha.

El ‘Chato Moncada’, como le decían de cariño, planteaba que cada jugador trabajara en la dinámica defensa-ataque, en el puesto donde se desempeñara. Quién sabe si, de haber llegado el caso, los detalles de su idea funcionaran, pero cuando hablaba de cosas como esa, fuera de fútbol o de vóley, Moncada se emocionaba, vivía el tema, y se pasaba largas horas charlando con sus amigos con ese ímpetu de hombre de fe que lee la biblia en casa.

La vida de Sindefredo Moncada Chuquipiondo estaba marcada por el deporte. No solo sabía de fútbol, sino también de tenis, atletismo y otras disciplinas. Su hijo Luis guarda fotos de cuando era joven y en las que aparece levantando trofeos con distintos clubes, vestido de corto, en el campo de juego de turno. A los 75 años, mantuvo la pulsión deportiva como expresidente del círculo de periodistas deportivos del Perú – Filial Iquitos.

La noticia de su muerte el último 24 de abril sacudió el medio deportivo de Loreto. Clubes, como en el CNI de Iquitos (que jugó en la liga profesional) lamentaron su repentina partida, al igual que la Asociación Nacional de Periodistas (ANP), que destacó su trayectoria.

Moncada pertenecía a una generación que vio en directo a los mayores tótems del fútbol peruano. Por eso solía hablar de César Cueto, el ‘Nene’ Cubillas, José Velásquez, el ‘Ciego’ Oblitas, entre otros. Se refería a ese tiempo como una edad dorada. El 2018 le permitió ver romperse la maldición de que los peruanos de su tiempo no gozarían al Perú en otro mundial. En sus últimos años, recuerda su hijo, Sindefredo Moncada decía que ojalá Dios le regalara más vida para montar una bodeguita en casa, vivir de esos ingresos y seguir hablando de fútbol. Tenía otra pequeña epopeya para contar.

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Cuerpo de Bomberos

Los buenos siempre (se) van primero

José Migdonio Hidalgo Pinedo 

Iquitos (Loreto), 1964

Brigadier de Bomberos

 

Los bomberos conocen la urgencia del fuego. No era raro que el brigadier José Migdonio Hidalgo dejara almuerzos y cenas truncos por salir a la carrera para atender emergencias, incluso en Navidad y Año Nuevo: el tiempo que toma una cucharada de comida puede ser la diferencia entre la vida y la muerte. “Yo le decía: pero papá, no tienes porqué ir. O por lo menos termina de comer. Pero él, apenas escuchaba las sirenas, se paraba y se iba”, recuerda su hija Joana Hidalgo, de 22 años. El brigadier decía que el líder tiene que dar el ejemplo en la primera línea. Esto es: ser el primero que enfrenta el peligro.

No le gustaba que le dijeran jefe o teniente, prefería el trato horizontal. Por eso, además de llamarlo por sus grados o cargos, le decían viejo, abuelo, papá. “Sobre todo, papá”, recuerda la hija. Y no solo ella o su hermano, sino también los sobrinos del brigadier, los amigos más cercanos, los bomberos que trabajaban con él, los jóvenes que recién se incorporaban a la compañía B-41 de Iquitos o quienes trabajaron bajo su mando en el Centro de Operaciones de Emergencia Regional (COER) de Loreto cuando tuvo que atender a los damnificados del sismo de 8 grados que afectó el distrito de Lagunas.

El cariñoso apodo hacía referencia a ese carácter protector,  de alguien que busca perpetuar un legado.

Quizá por eso, los momentos más emotivos que se recuerdan del brigadier Hidalgo -solo superados por el impacto que le causó la muerte de su madre- no fueron las tantas acciones contra incendios o desastres, sino las graduaciones de sus hijos. El día que él mismo le entregó a su hijo el certificado que lo acreditaba como bombero, se quebró entre lágrimas. Y el día que fue a Lima para la graduación de Joana como administradora de negocios, apenas la vio con su toga y birrete, la abrazó y le dijo: “Misión cumplida. Ahora sí, la vida me puede llevar”.

No dijo que la muerte se lo podía llevar, sino la vida. Porque -en palabras de la hija- el brigadier Hidalgo era un fiel creyente de la vida que defendía cuando se enfrentaba a un incendio.

A Joana le gusta pensar que si su padre siguiera vivo, que si el Covid-19 no se lo hubiera arrebatado hace unos días, él hubiera llegado a ser brigadier mayor, comandante de la jefatura departamental de los bomberos, y hasta un cargo público de más alto nivel, porque si algo tenía era el fervor de servir. Así lo hizo hasta el final, en medio de la pandemia, siempre en la primera línea. Y ocurre que los buenos casi siempre se van primero.

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Periodista

El chimbotano que cantaba a Perales

Ricardo Marcelino Gutiérrez Aparicio

Chimbote (Áncash), 1959

Periodista

 

Su rostro sonriente cantando un Velero llamado Libertad aún permanece en el recuerdo de su esposa Carmen Astocondor. Como fiel hijo de una época, Ricardo Gutiérrez fue marcado con fuego por las románticas letras de José Luis Perales. Nacido en el Santa (Áncash), en pleno boom pesquero de los años 60 y 70, hizo sus estudios escolares en el colegio San Pedro de Chimbote y llegó a Lima a estudiar periodismo en la entonces Escuela de Periodismo Jaime Bausate y Meza, y Derecho en la Universidad Nacional Federico Villarreal.

Con el transcurso de los años, atraído de manera definitiva por el periodismo y dejando de lado las leyes, llegó a trabajar como asesor de comunicación en el Estado. En aquellos días aún convulsionados por el terrorismo, Gutiérrez Aparicio paseó su optimismo inquebrantable por el extinto Ministerio de la Presidencia, encargado en diferentes programas sociales, hasta llegar al Programa de Desarrollo Productivo Agrario Rural (Agro Rural) del Ministerio de Agricultura. El contacto con el mundo andino lo marcó casi tanto como Perales.

“En Agro Rural tuvo la oportunidad de trabajar con radios comunitarias”, cuenta su esposa. Como buen periodista siempre rescataba el poder de la palabra ya sea laborando en el Estado, o colaborando con medios en los Andes en temas de difusión o empleando su conocimiento en la actividad privada. Fue jefe de imagen en empresas como la desaparecida aerolínea Americana de Aviación y recientemente de la Asociación de Hoteles del Perú.

En estos días de luto, en casa lo recuerdan apasionado por los dos estandartes que defendía: el periodismo y el fútbol a través del Club Universitario de Deportes, pero sobre todo como un hombre positivo, guerrero y de espíritu libre. “Era muy difícil verlo con el ceño fruncido”, recuerda su esposa. Como buen chimbotano, hombre de puerto, su destreza con el limón, el cuchillo y el pescado lo convirtieron en un imbatible cocinero de ceviche.

En los últimos años no anhelaba la jubilación: “Nunca pensaba ‘ya cumplí mi temporada y me pondré a descansar’”, dice su esposa. Creía que tenía toda la vida por delante. Marido, padre de cinco hijos y recordado en compañía de su perro Chelón, Gutiérrez Aparicio partió días antes de superar la barrera de los 60 años. Su cumpleaños era el 6 de abril. “Se fue sin despedirse”, se lamenta su esposa.

Un adepto de Perales hubiera querido pensar que la canción del español le hizo justicia: “Y se marchó y a su barco le llamó Libertad, y en el cielo… pintó estelas en el mar”.

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Policía Nacional

La trompeta ya no suena sin ti

Marco Antonio Ortiz Vásquez

Trujillo (La Libertad), 1968

Suboficial de la Policía Nacional

 

La vocación es esa parte de tu espíritu que sale a flote sin importar dónde te lleve la vida. El suboficial Marco Antonio Ortiz era un músico que se hizo policía. La suya es una de esas historias donde hay antecedentes claros: de niño jugaba a sacar ritmos con ollas, sartenes, cucharas y palos. Años después empezó a formarse de verdad en la banda de su colegio, el San Juan de Trujillo. Más tarde ingresó al Ejército y allí también se hizo integrante de la banda militar. Con el tiempo, logró compartir su trabajo de custodio del orden con el de miembro de varias orquestas de esa ciudad.

El paso a la carrera policial empezó con un asunto musical: un oficial había mandado buscar a los mejores músicos de Trujillo para formar la banda de la Policía. Marco Antonio Ortiz fue uno de los reclutados. Antes de eso, se ganaba la vida con un conocido grupo de mariachis que grabó canciones con orquestas sinfónicas. Los videos están en Youtube.

Su esposa, Narda, recuerda que el día que nació su primer hijo Ortiz no estuvo presente, porque estaba tocando con su banda. Durante años usó sus días de franco para ganarse un dinero extra como músico. “Hace dos años me dijo: “estoy cansado, voy a parar un tiempo”, recuerda la esposa. Estuvieron de acuerdo en que había cosas más importantes que el dinero. “Éramos pobres, pero felices”, recuerda ella.

La vida hogareña también fue espacio para la música. El suboficial Ortiz disfrutaba la sazón de su esposa en el ají de gallina y las menestras, y, como recompensa por una buena comida, él le cantaba canciones de Camilo Sesto, Vicente Fernández y Juan Gabriel. La pasión musical era tan fuerte, incluso en la estrechez, que una vez se las arreglaron para juntar dinero y no perderse el concierto que el ídolo de Juárez llegó a ofrecer en la ciudad.

“Yo me imaginaba con él haciéndonos viejitos. Siempre me decía que al final nos quedaríamos solos, porque los hijos se van”, cuenta Narda. El sábado 9 de mayo cumplieron 28 años de casados, apenas un año más que los que tenía como policía.

El último destino de trabajo del suboficial Marco Antonio Ortiz fue la comisaría de Ayacucho, en el centro histórico de Trujillo. Al conocerse su partida, una foto suya en redes sociales recibió varios comentarios de pésame. En la imagen, Ortiz aparece uniformado. En vez de arma, lleva una trompeta.

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Marina de Guerra

Cuando un comando muere, nunca muere

Fredy Jonny Rueda Chumpitaz

Lima, 1964

Técnico (r) de la Marina de Guerra

Alas tres de la tarde con veintitrés minutos del 22 de abril de 1997, el marino especialista en explosivos Fredy Jonny Rueda Chumpitaz hizo detonar una carga que iba a marcar la historia del Perú. Era el inicio de la Operación Chavín de Huántar, un rescate insólito con militares que surgían de túneles subterráneos, tiroteos en los salones de una imponente residencia y más de setenta rehenes aterrados en las habitaciones del segundo piso. La cobertura en vivo de las cadenas internacionales de noticias tuvo una audiencia mundial, y a la vez una audiencia cautiva en las casas de los comandos enviados a esa misión. “En ese momento, nos afectó, porque su vida estaba en riesgo. Sentíamos temor de perderlo”, recuerda Bryan Rueda, el hijo mayor del militar.

La operación logró el rescate de 71 personas que permanecían desde hacía cuatro meses como rehenes del grupo terrorista MRTA en la residencia del embajador de Japón en Perú. Para entonces, Rueda tenía 33 años y una vasta experiencia como veterano de la guerra del Cenepa, que en 1995 enfrentó a Perú y Ecuador, y del combate contra el terrorismo, cuando estuvo destacado en Ayacucho. Un reconocimiento reciente por su participación en el rescate de los rehenes podía coronar una carrera: en el 2017, veinte años después de aquella detonación, fue reconocido de manera oficial, junto con sus compañeros, como Héroe de la Democracia.

Si vis pacem, para bellum, escribió un antiguo estratega romano. La vida de un militar supone la paradoja de prepararse para la guerra en busca de la paz. A inicios de siglo, entre los años 2005 y 2006, Rueda integró la misión de los Cascos Azules de la ONU para mantener la calma en Haití. Al año siguiente retornó al Perú para combatir a los remanentes de Sendero Luminoso en el VRAEM. Se puede conocer mucho escuchando a alguien que pasa la vida en territorios tan extremos. “Nos enseñó a mantenernos unidos a pesar de cualquier problema, como un solo puño”, dice su hijo Bryan.

Tras una carrera que lo obligó a pasar largas temporadas lejos de su familia, Rueda Chumpitaz estaba a punto de jubilarse. Solía comentar lo que haría una vez estuviera libre para sus hijos y nietos, y hace poco ganó algo de tiempo con un viaje familiar al norte del Perú. Fue hace apenas dos meses, antes de que le tocara entrar de lleno a esto que se vive como una nueva guerra.

Las últimas semanas trabajó en la base de La Marina en Ancón, desde donde salía a las calles para supervisar las guardias y rondas en el marco de la lucha contra el Covid-19. Quiere decir que la suya ha sido una muerte en acto de servicio. Ahora, gracias a una norma emitida por el Gobierno en el marco de la Emergencia Nacional, Rueda obtendrá de manera póstuma el último ascenso.

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